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Nariño Místico

Zona Urbana

En algunas calles de Pasto, el silencio no está solo. Hay presencias que se esconden entre sombras… y nombres que aún no deben pronunciarse.

Zona Rural

Entre montañas y cafetales, los abuelos aún advierten: no todo lo que brilla en el bosque es luz. Y no todo lo que llama… es humano.

Zona Costera

En la costa, hay cantos que no son de este mundo. Secretos esconde el mar, voces se oyen desde la lejania… pero nunca lo desafies, si quieres volver.

Zona Urbana

Hay territorios donde la realidad se desborda y la memoria no solo se guarda en libros o fotografías, sino que se esculpe en carrozas, se canta en procesiones y se invoca al borde del mar. En Nariño, la frontera entre lo terrenal y lo milagroso es tan delgada como el hilo de espuma que el océano deja sobre la arena.

En las noches despejadas, cuando la luna se posa como un farol sobre los techos de teja en Pasto, hay quienes aseguran que la cima del volcán Morasurco deja ver más que paisajes. En el barrio El Pilar, una anciana de manos temblorosas todavía limpia cada mañana un espejo de marco dorado que heredó de su madre. Dice que no lo usa para mirarse, sino para recordar. «Ahí se aparece», cuenta sin miedo. «Cuando el volcán tiembla un poco y el viento baja caliente, ahí se asoma la mujer sin rostro».

La leyenda del Espejo del Morasurco habla de una joven que fue sacrificada en tiempos lejanos para calmar la furia del volcán. Su espíritu, dicen, quedó atrapado entre el fuego subterráneo y los reflejos. Desde entonces, se aparece a los que viven entre el sueño y la vigilia, especialmente a quienes han perdido a alguien de forma repentina.

Algunos pastusos aseguran haberla visto al subir al volcán al amanecer: una silueta blanca, inmóvil, que no proyecta sombra. Otros, dicen que basta con tener un espejo frente a una ventana abierta en noches de neblina para que ella aparezca… no para asustar, sino para advertir.

«Cuando la veas, no hables. No preguntes. Solo escucha», dicen los viejos del centro. «Porque esa mujer no viene del más allá… viene del más adentro».

Varios vecinos han intentado ver la aparición. Algunos se sientan frente al espejo durante horas, como esperando que la neblina baje también por dentro. Otros aseguran haber sentido un susurro o una ráfaga tibia en la nuca, como si algo o alguien pasara detrás de ellos.

Pero hay una advertencia que se repite en todas las versiones:

“Si ella te habla, no interrumpas. No la toques. No preguntes. Solo escucha.”

Sector Rural

En las montañas de Córdoba, Nariño, el tiempo no se mide en relojes. Se mide en neblinas que llegan al amanecer y en caminos de piedra que se abren solo si la montaña lo permite. Allí, en veredas como El Encano o Guachavés, las casas de madera resisten el frío abrazadas por cafetales y arrayanes. Y aunque los niños ríen entre árboles y los adultos trabajan la tierra, todos saben que hay un sonido que jamás debe seguirse.

Un silbo largo. Agudo. Triste.

“Nadie sabe de dónde viene”, dice don Crescencio, un campesino de rostro surcado por los años. “Pero sí sabemos a quién busca”.

Le llaman El Hombre del Silbo Largo, y aparece cuando el cielo se oscurece más rápido de lo habitual, cuando los perros no ladran y los grillos callan. Algunos lo han visto de espaldas, con un sombrero gastado y una ruana vieja que arrastra el polvo del camino. Camina despacio, como si cargara algo invisible… algo que pesa más que la vida.

Cuentan que quien lo ve y lo llama por curiosidad, no escucha una respuesta, sino un silbo que penetra hasta los huesos. Un silbo tan largo que el alma se encoge. Tan profundo que parece recordar todos los nombres que uno ha querido olvidar.

“El que lo sigue, no vuelve igual”, repiten los mayores. “Porque ese silbo no guía caminos: abre heridas”.

Varios vecinos han intentado ver la aparición. Algunos se sientan frente al espejo durante horas, como esperando que la neblina baje también por dentro. Otros aseguran haber sentido un susurro o una ráfaga tibia en la nuca, como si algo o alguien pasara detrás de ellos.

Pero hay una advertencia que se repite en todas las versiones:

“Si ella te habla, no interrumpas. No la toques. No preguntes. Solo escucha.”

Costa Nariñense

En el corazón del Pacífico nariñense, donde el mar abraza la selva y las tormentas parecen hablar en susurros, ocurrió un suceso que hasta hoy es contado como un milagro. El 31 de enero de 1906, tras un fuerte terremoto, las aguas del océano retrocedieron abruptamente frente a las playas de Tumaco, presagiando un tsunami. Aquel día, los pobladores corrieron aterrados, buscando refugio y respuestas.

Fue entonces cuando dos sacerdotes agustinos, Fray Gerardo Larrondo y Fray Julián Moreno, guiaron a la multitud hacia la playa con la hostia consagrada en alto. Frente a la inminente destrucción, levantaron la Sagrada Forma y trazaron una cruz sobre el mar. Lo que sucedió después quedó grabado en la memoria colectiva: la ola se detuvo. El mar, que avanzaba con furia, se calmó como si obedeciera a una fuerza más allá de la comprensión humana.

Más de cien años después, esta historia de fe y asombro fue llevada al arte popular por el artesano Edwin Fernando Ramos. En el Carnaval de Negros y Blancos de Pasto 2024, presentó la carroza “Contra Viento y Marea”, una obra cargada de simbolismo, que no solo recuperó el recuerdo del milagro, sino que lo resignificó desde el arte como una metáfora de resistencia, espiritualidad y redención del Pacífico nariñense.

La carroza no fue una reproducción religiosa literal, sino una interpretación alegórica. La figura central no fue un santo ni una iglesia, sino la muerte misma, entendida no como un final, sino como transformación. “La carroza no hablaba solo de la ola del mar… hablaba de las muchas olas que han querido arrasar con nuestro pueblo: la violencia, el abandono, la guerra”, explica Ramos.

Son las aguas tocadas por Dios”, diría él más tarde, al recordar cómo su obra logró emocionar al público, abrir conversaciones y visibilizar una historia casi olvidada fuera de Tumaco. El impacto fue tal que la carroza fue invitada a desfilar en el Carnaval de Barranquilla y en otros escenarios nacionales.

Esta creación artística se convirtió en algo más que una propuesta cultural: fue una manifestación de memoria viva, de fe colectiva y de conexión espiritual con el territorio. Porque en Nariño, lo sagrado no siempre habita los templos. A veces se mueve entre colores, danzas, madera tallada y papel moldeado… y camina, contra viento y marea, sobre las calles del carnaval.

NARIÑO MÍSTICO

por María Figueroa-Sahara Murillo- David Vallejo